“El universo seguirá haciendo galaxias cuando la humanidad deje de existir” – Sergio de Régules

Analizamos la sutil frontera entre el orden físico, la entropía y el azar

Con motivo de la publicación de El orden improbable, conversamos con su autor, Sergio de Régules, físico y divulgador científico, para profundizar en la fascinante tensión entre la entropía y la emergencia de estructuras complejas en el cosmos. ¿Es el orden una propiedad física real o una mera construcción observacional humana? En esta entrevista, desentrañamos cómo la teoría de la información y la ciencia contemporánea conectan de forma sorprendente fenómenos aparentemente inconexos, demostrando el asombro de las leyes que gobiernan nuestro universo.

En El orden improbable abordas la tensión entre entropía y emergencia de estructuras complejas. ¿Hasta qué punto consideras que el orden es una propiedad física real y no una construcción observacional humana?

Es complicado porque “orden” es una palabra con mucha carga emocional y subjetiva –una palabra muy humana— y no está claro cómo podría el orden ser una propiedad física real (si por ello entendemos una propiedad cuantificable y cuyo valor no depende de los gustos, los prejuicios ni las convicciones de quien lo mida o calcule). Sin embargo, en el libro explico también cómo se cuantificó otra magnitud que podría parecer tan subjetiva como el orden: la información, que, para sorpresa de muchos, ha resultado sí ser una propiedad física real, cuyo valor no depende ni siquiera del significado del mensaje… vamos, ni de que sea verdadero o falso.


Con el orden sucede lo mismo: hay formas de caracterizarlo matemáticamente y asignarle un valor objetivo, y en ese sentido, existe “allá afuera”, independientemente de las tribulaciones del ser humano. El universo seguirá haciendo galaxias cuando la humanidad deje de existir, y una galaxia implica orden. Quizá lo más interesante sea que el universo sea capaz de crear remansos de orden al tiempo que se desliza por una cuesta de entropía creciente hacia el desorden total.

El libro conecta cosmología, biología y teoría de la información. ¿Qué marco teórico te resultó más útil para articular fenómenos tan distintos bajo una misma narrativa?

El libro no va mucho de cosmología ni de biología (lo que lamento, porque hay mucho que decir de ello en relación con la entropía), pero sí que va de teoría de la información. La conexión entre ésta y la entropía que forjó Rudolf Clausius en 1865 la encontraron los ingenieros Harry Nyquist, Ralph Hartley y Claude Shannon en la tercera década del siglo XX.


Yo no salgo de mi asombro de que la entropía, surgida del único afán de mejorar la prestación de las máquinas de vapor, resulte tener relación con la factura del teléfono móvil que pagamos cada mes, que cuantifica lo que consumimos en megabytes de información, provenientes en última instancia de la teoría de Shannon. A los físicos nos encanta encontrar estas relaciones insólitas entre aspectos del mundo que no tienen nada en común y creo que éste es uno de los temas principales del libro: el asombro de esta conexión inesperada.

"El azar en lo microscópico e individual equivale a necesidad en lo macroscópico y multitudinario: las leyes de la naturaleza emergen de los grandes números de átomos moviéndose al azar."

El orden improbable

La entropía suele ser el villano de la física: una palabra que evoca desorden, caos y la inevitable degradación de todo. Pero ¿y si en realidad escondiera la clave de cómo el universo se hace cada vez más complejo?

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A lo largo del ensayo aparece de forma recurrente la relación entre azar y necesidad. ¿Crees que la ciencia contemporánea está redefiniendo esa dicotomía clásica?

La ciencia redefinió esa dicotomía desde que Ludwig Boltzmann encontró el vínculo entre el comportamiento de los átomos –aleatorio y desordenado— y el de los objetos compuestos de multitudes numerosísimas de átomos –regular y ordenado—.

Es un vínculo que niega la dicotomía: el azar en lo microscópico e individual equivale a necesidad en lo macroscópico y multitudinario: las leyes de la naturaleza emergen de los grandes números de átomos moviéndose al azar como la ola emerge de las multitudes de moléculas de agua, que individualmente no saben nada del océano.

En varios momentos planteas que la improbabilidad no implica imposibilidad, sino escalas temporales y condiciones adecuadas. ¿Cómo influye esta idea en nuestra comprensión del origen de la vida y de la complejidad biológica?

Dado el tiempo suficiente, hasta el acontecimiento más improbable se vuelve casi una certeza. Esta aparente contradicción nos ayuda a reconciliar la pasmosa improbabilidad del surgimiento de la vida con la no menos pasmosa evidencia de que la vida, de hecho, ha surgido. Sin embargo en el libro menciono acontecimientos mucho más improbables: por ejemplo, el que todas las moléculas de aire de una habitación se reúnan por casualidad en un rincón. En estos casos los números son tan abrumadores que ni todo el tiempo del universo multiplicado por mil bastaría para que ocurriese.

Tu aproximación combina divulgación científica y reflexión epistemológica. ¿Qué retos encontraste al traducir conceptos técnicos —como equilibrio termodinámico, autoorganización o causalidad estadística— a un lenguaje accesible sin simplificarlos en exceso?

Estoy acostumbrado a esos retos. Llevo varios decenios acometiéndolos y en mi haber tengo libros sobre la mecánica cuántica y sobre la teoría general de la relatividad, pese a lo cual sigo encontrándolo difícil. Para cada concepto de relieve hay que forjar un lenguaje que el lector pueda descifrar y que al mismo tiempo no se aparte demasiado del original. En ese sentido, en efecto, la divulgación científica se parece mucho a la traducción: nunca podrás decir lo mismo (como dice Umberto Eco), pero siempre hay que componérselas para decir “casi lo mismo”… todo ello sin perder de vista el respeto a la inteligencia del público.


En cuanto a la reflexión epistemológica, en mi opinión ésta es indispensable en la buena divulgación científica, que debe servir para mostrar cómo funciona la ciencia, no sólo para enunciar sus resultados. Incluir esas reflexiones tiene el efecto añadido de invitar al lector a sentirse cómplice del autor, a sentirse un interlocutor activo e inteligente.

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